El sistema explicativo de la persona en crecimiento que acabamos de abordar lleva a una percepción de la persona « en orden ». Detengámonos a describir aquello hacia lo que una persona tiende cuando se compromete en una andadura de crecimiento.
De entrada, digamos que el orden del que aquí se trata no tiene nada en común con un equilibrio definitivamente adquirido, ni con una inmovilidad, al modo de una habitación perfectamente ordenada donde todo movimiento sería destructor de este « orden establecido ». El orden del que aquí se trata, por el contrario, sólo puede existir asociado al movimiento, a la creación, a la evolución, con todo lo que eso lleva consigo, a la vez, de dinamismo, de innovación ; pero también de renuncia frente a las adquisiciones anteriores, de desestabilización, de tironeos, de incomodidad. El orden de las instancias de la personalidad entre ellas, es lo que mejor favorece el funcionamiento armonioso y el crecimiento de la persona, y a través de ello, de los grupos y de la sociedad.

Lo normal y lo a-normal
Los investigadores en psicología, a menudo, se han visto confrontados con preguntas fundamentales tales como : ¿qué es normal, en orden, en un ser humano y qué es a-normal, incluso patológico? ¿Lo normal hay que apreciarlo en función de criterios cuantitativos (lo que vive la mayoría puede ser percibido como lo normal; la excepción como lo a-normal) ; o criterios cualitativos (se puede sentir como normal lo que es armonioso, y como a-normal lo que es in-armónico) ? ¿Qué es la armonía ? ¿Qué es la salud psicológica ? ¿Se puede uno curar de sus disfuncionamientos, o son constitucionales ? ¿Qué es una
personalidad en orden? ¿Qué es un ser humano realizado?…

La observación de personas menos heridas en su infancia y de las personas curadas de traumatismos antiguos, así como el estudio de la persona desde el ángulo de su crecimiento, y de las cinco instancias, han permitido precisar algunos criterios de normalidad en el funcionamiento de un individuo, y distinguirlo de lo que es a-normal (vivir un funcionamiento a-normal no significa que la persona sea anormal). Esta distinción entre lo normal y lo a-normal es capital, es la que genera una lucidez sobre sí mismo y unos posibles cambios. Mientras uno vive sin señales, en la confusión o en la ilusión, sin tener consciencia de ello, hay estancamiento. Se tiene la impresión de que es normal vivir así, incluso se siente uno confortado por la comparación que se establece con sus « semejantes ». Esta observación y este estudio de la persona han sacado a la luz algunas características del adulto maduro y sano, en vías de realización, de la persona cuyo funcionamiento es normal, en orden.

De una manera general, podemos avanzar que lo normal para un individuo es existir de acuerdo con lo que es a nivel de su ser, de acuerdo con su conciencia profunda; lo que es normal, es crecer. La personalidad se desarrolla entonces armoniosamente, en el eje de sus potencialidades de punto de partida. Como corolario, lo que es anormal en él, son todos los funcionamientos, todos los comportamientos que le desvían de su eje de existencia,
que no se armonizan con su conciencia profunda, que frenan o paralizan el movimiento natural de su crecimiento.

El progreso de una persona hacia su madurez de adulta y hacia un funcionamiento normal de las instancias de su personalidad, se hace muy lentamente, a menudo al precio de un
combate. Es fácil dejarse llevar por sus instintos, sus antojos o sus ambiciones, sin preocuparse del acuerdo del ser. Sensiblemente, es tan cómodo meterse en el molde de lo que se hace en los ambientes donde uno vive, aparentar y no ser. Se pueden encontrar tantos beneficios en vivir en una cierta forma de inconsciencia o de « tibieza », en vez de afrontar la realidad de sus problemas o simplemente la realidad de su inmadurez.

Optar por llegar a ser uno mismo, por afirmarse con su diferencia, por abrir su propio camino, por crecer, es exigente, sobre todo en contextos sociales poco abiertos a esos valores, incluso críticos. Tratar de vivirse en orden supone determinación.

Dicho esto, cada victoria lograda, cada progreso conseguido, cada etapa del crecimiento franqueada, aportan un suplemento de vida, motivaciones nuevas para proseguir su camino, así como un gusto de felicidad. Efectivamente, ser uno mismo, ser fiel a sí mismo, funcionar armoniosamente genera gratificaciones y alegrías tan esenciales que hacen relativizar las
dificultades y las frustraciones que entraña este camino.

Las características de los funcionamientos de la persona « en orden »
Las características de funcionamiento de la persona adulta, « en orden » :
– La persona ha adquirido una consciencia ya desarrollada de sus riquezas de ser y de sus límites. Su personalidad contiene unas bases sólidas sobre las que puede apoyarse para afirmarse tal cual es. Hace frente a las turbulencias de la vida, incluso aunque pueda ser probada por ella, a veces duramente.
– El eje de su « actuar esencial » se ha definido más claramente. La persona pone así en obra lo esencial de ella misma cada vez con más eficacia y fecundidad para la sociedad. Sus lazos esenciales aparecen poco a poco, favoreciendo esa actualización de su « actuar esencial ».
– Cuando está establecida, la relación con una Transcendencia llega a ser viva, confiada, libre, exigente y desplegada. La persona ha entrado en lo más esencial de ella misma con dinamismo y determinación. Gusta una serenidad de fondo frente a lo inédito de la vida. Su existencia toma su sentido.
– La conciencia profunda, cada vez más clarificada por la lucidez del yo-cerebral, llega a ser la referencia de la persona para conducir su vida. La persona progresa en fidelidad a su
conciencia y en confianza en sus intuiciones profundas. Traza su propio camino con lo que eso lleva de soledad interior, a veces de incomprensión por parte del entorno y, por consiguiente, de sufrimientos, pero también de una paz profunda y de libertad interior.
– El yo-cerebral entra en una relación sana con la realidad que percibe y acepta cada vez más tal cual es. Está activo y dócil a la conciencia profunda para gobernar lúcidamente a la
persona en el eje de lo que ella se siente hecha para ser y para realizar. La persona llega a ser cada vez más consciente, humilde y libre, unificada.
– La sensibilidad se ha desparasitado poco a poco de los sufrimientos enquistados, sobre todo de los que dificultaban la actualización de las potencialidades esenciales de la persona.
La vida del ser tiene tendencia a irradiar más y más la zona profunda. Lo cual produce más armonía en las reacciones de la sensibilidad y en el comportamiento general de la persona.
– El cuerpo es percibido como un amigo, un reflejo fiel de la vida interior. Exterioriza la vida del ser. La persona conoce cada vez mejor sus mensajes, sus necesidades y sus límites y los tiene en cuenta más espontáneamente, fiándose, en cierto modo, de la sabiduría de su cuerpo.
– La relación con los otros está hecha de apertura, de tolerancia, de respeto y, al mismo tiempo, de exigencia ajustada y estimulante, y de autenticidad. La persona puede hacerse cercana, permaneciendo libre. Es capaz de amar a cualquiera que se cruce en su camino, lo que no significa que siempre sea fácil, sobre todo con las personas que no viven a la recíproca.
– La relación con el entorno material, el marco de vida, la naturaleza, es apacible, respetuosa, creadora. La persona satisface sus necesidades con mesura.
Así pues, la persona en orden es la que :
– se ha unificado en torno al ser,
– centra su vida en la realización del ser,
– se refiere a él y a la conciencia profunda,
– y responde a las necesidades de las otras instancias (yo-cerebral, cuerpo, sensibilidad), de acuerdo con el ser. Esta persona funciona entonces normalmente, según la dinámica de su naturaleza profunda.

« Este funcionamiento normal es tributario :
– del grado de vida y de emergencia del ser. Cuanto más elevado sea este grado, más habitual es ese funcionamiento,
– del grado de curación del pasado, porque las heridas del pasado, aunque no sean conscientes, parasitan a la persona, desarreglan el funcionamiento normal y dan origen a los funcionamientos desarmoniosos » .
Asimismo, se puede decir que este funcionamiento normal es tributario del grado de humanización del entorno humano en el cual la persona está inserta y de la calidad de las relaciones que de él resultan.

Una plenitud de existencia accesible
Llegada a la etapa adulta de su andadura y actualizando aquello para lo que se siente hecha, la persona experimenta « una plenitud de existencia que se va densificando ». Interiormente, se siente colmada porque sus aspiraciones más profundas están en camino de realización. Efectivamente, lo que colma a un ser humano, no es llegar a una especie de perfección humana estática, a un orden inmutable, o también a un estado de felicidad idealizado en el que todo sufrimiento estaría ausente, estos fantasmas no colman, ayudan a lo sumo a huir de una realidad que no se acepta. Lo que colma de verdad a la persona es :
– sentirse existir en lo mejor de ella misma,
– percibir el sentido profundo de su existencia,
– sentir su lazo con la Transcendencia,
– progresar en la actualización de su « actuar esencial » y hacer camino con las personas que están ligadas a ella en esta actualización,
– sentir que contribuye, en su modesto lugar, al avance de la humanidad.

Dicho de otro modo, lo que colma es crecer y favorecer el crecimiento. Ahí está la plenitud que puede experimentar un ser humano.
« Ciertamente, en los comienzos de este Camino, sólo se disfruta esa sensación de plenitud en instantes fugaces. Pero, basta con haber gustado un poco la verdadera felicidad de ser uno mismo, para que el recuerdo permanezca y que se instale la nostalgia, motivando, desde el interior, a proseguir el Camino ».
Esta plenitud de vida, experimentada por quienes ponen su prioridad en el crecimiento de su ser, coexiste con las inevitables dificultades de la vida y con los sufrimientos que de ella
se derivan.
« Despojada de la armadura de otros tiempos que había segregado para protegerse, se es más sensible y, por tanto, se sufre más, en cierto modo ; pero, se siente uno afectado menos profundamente; sólo la sensibilidad es afectada, el ser no es quebrantado » .

La formación humana como medio de puesta en orden de la persona
Esta descripción de la persona en orden puede parecer ideal a muchos, tan cierto es que la mayoría de los humanos sólo funcionan episódicamente de modo normal y que numerosos
funcionamientos anormales son « normalizados », e incluso valorados en algunos ambientes (intelectualismo, activismo, perfeccionismo, voluntarismo,…). Únicamente, las personas que han sido poco heridas o que han curado de sus heridas de no-existencia, conocen una dominante de funcionamiento normal. Sus disfuncionamientos son poco frecuentes y de corta duración. Viven habitualmente dóciles a su conciencia. Estas personas son relativamente poco numerosas.

En realidad, la mayor parte de la gente ni siquiera duda que una vida mejor pueda estar a su alcance. Muchos han hecho esfuerzos para mejorarse y después se han desanimado ante la falta de resultados ; dudan de que sea posible un crecimiento para ellos y justifican sus disfuncionamientos como rasgos de carácter, incluso como una necesidad, « hay que tener algunos defectos » dicen, o también como si fuera culpa de los otros. Estos fracasos hay que imputarlos a su falta de saber-hacer en este campo de su crecimiento. Algunos, heridos en el corazón de ellos mismos, dicen que no creen en lo que ellos califican de « quimeras » ; se contentan con seguir, como pueden, los comportamientos propios de su ambiente ; o bien están en perpetua rebelión contra la sociedad. Para ellos, existir como son despierta demasiado miedo o dolor ; entonces, ahogan inconscientemente su aspiración fundamental a existir.

Llegar a ser uno mismo, curar de lo que impide ser uno mismo, vivir de modo armonioso, acceder poco a poco a una plenitud de vida, eso se aprende. Este aprendizaje está al
alcance de todos, necesita una aceptación de la colaboración de los otros, porque llegar a ser uno mismo es una aventura que no puede vivirla uno solo. Es el rol de la formación
humana y del acompañamiento del crecimiento. Es el rol de todo educador ; pero, es preciso que haya recibido para él mismo esta formación que le ayude a llegar a ser un verdadero adulto.
(La persona y su crecimiento pág.219-2 25)

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