Descripción
La noción de conciencia tal como la abordamos en este capítulo está tomada en el sentido de una conciencia moral a la cual la persona hace referencia para juzgar sus actos, y no en el sentido de una conciencia psicológica ligada al conocimiento, que se encuentra en expresiones tales como : tener consciencia de algo, el campo de consciencia…
Antes de describir la conciencia profunda, es importante diferenciarla de otros tipos de conciencia que se elaboran en la persona a medida que evoluciona.


Diferentes tipos d e conciencia

La conciencia socializada
La noción de bien y de mal aparece muy pronto en la vida del niño. Los padres y los educadores, después los ambientes frecuentados lo proveen de fundamentos axiológicos para juzgar si un acto es bueno o malo, si está permitido o prohibido, si lleva consigo peligros o no y, más ampliamente, para distinguir el bien del mal. Este conjunto de reglas morales aprendidas constituye la conciencia socializada de la persona. Esta conciencia se caracteriza por el hecho de que representa una referencia externa a sí mismo, adquirida, y legitimada por el bien de la persona y el de la sociedad.

Cuando estas reglas son enseñadas con inteligencia, por personas que se las aplican a sí mismas, y cuando estas reglas no presentan obligaciones demasiado molestas para la expresión de la vida del ser, su adquisición y su integración en el niño no plantean problema. Muy rápidamente, un niño siente instintivamente lo bien fundado de algunas exigencias, sobre todo si se han preocupado por explicárselas y si se le da el tiempo
necesario para el aprendizaje de su aplicación. Lo que complica, a menudo, la integración de estas reglas, es su heterogeneidad según los grupos de pertenencia y los ambientes. En una misma familia, los criterios que definen el bien para uno, no corresponden forzosamente con los criterios del otro. La ética de ciertos ambientes de negocios o de ciertos ambientes científicos o políticos, por ejemplo, no converge siempre con la moral social, la moral religiosa, la moral familiar… Estas divergencias engendran conflictos internos en las personas y facilitan en ellas un fenómeno de división de la personalidad acompañado de incoherencias de comportamiento, la aparición de un mimetismo circunstancial, de una
mente convencional o, por el contrario, de contradependencia, de rebelión y, por consiguiente, de una alienación. A la inversa, la aportación de reglas homogéneas con el ser profundo facilita la relación de la persona consigo misma y con su ambiente, y participa en el despertar de su conciencia profunda.

Toda su vida, la persona queda marcada y, a menudo, condicionada por esta herencia moral proveniente de los otros. La conciencia socializada impregna al yo-cerebral del individuo, comprendido a un nivel inconsciente y, tanto más, cuanto el contexto social es muy normativo y moralizante.
Someterse a las exigencias de su conciencia socializada ofrece la seguridad de sentirse en regla, dentro de las normas ; la seguridad de no desentonar con la idea que uno se hace de las expectativas de los otros ; se tiene « buena conciencia ». Detrás de esta búsqueda de seguridad, está generalmente, el miedo a no ser amado por alguien o también el miedo a ser excluído de un grupo. Como corolario, la transgresión de las leyes dictadas por la conciencia socializada engendra inseguridad y/o un sentimiento de culpabilidad que afecta más o menos psicológicamente. Sólo se puede liberar uno de esta culpabilidad frente a los otros gracias a la reparación, la sanción, la vuelta al marco de lo permitido, de lo legal, o bien gracias a una desalienación respecto al juicio de los demás y gracias a una referencia a sus propios valores, los que provienen de su ser.

La conciencia socializada es característica de la etapa de la infancia ; es necesaria para paliar la inmadurez del niño y para protegerlo, así como a su entorno, de las posibles consecuencias nefastas de su inconsciencia. Predomina hasta que el niño (o el adulto) haya adquirido sus propias referencias por su experiencia personal y por el despertar de su conciencia profunda, por consiguiente, hasta que haya adquirido una autonomía suficiente
para decidir por él mismo. En este sentido, una sociedad no puede prescindir de la interiorización de esas referencias éticas por parte de sus miembros. Cuando son convergentes con la conciencia profunda de los individuos, esas leyes morales garantizan el buen funcionamiento social, y su transgresión engendra una forma más o menos grave de desorden social. En el adulto, la conciencia socializada puede llegar a ser una traba para su crecimiento si le mantiene en una dependencia respecto a los otros y, por tanto, en una inexistencia. Además, esta sumisión a la ley de los demás engendra, a menudo, una falta de respeto a sí mismo : se sacrifican las aspiraciones de su ser ; puede uno abdicar de su sentido común ; se tiraniza la sensibilidad y el cuerpo para plegarse a las exigencias de los
demás.

La conciencia cerebral
Otra forma de conciencia se despierta precisamente cuando la persona comienza a adquirir esta facultad de pensar y de decidir por ella misma. Es la etapa de la adolescencia. A partir
de sus ideas, su reflexión, de sus experiencias, sus ambiciones y sus necesidades, a partir también de lo que ha interiorizado y ratificado de las normas sociales o de lo que rechaza de ellas, la persona elabora sus propias reglas de conducta, sus principios, que ella considera buenos y a los que trata de conformarse. De este modo, se constituye la conciencia cerebral del sujeto. A menudo, está teñida de reacciones de contra-dependencia respecto a unas reglas morales recibidas en la infancia. Esta referencia a unos principios que elige uno mismo, es una etapa necesaria para pasar de una referencia a la conciencia socializada a la referencia a la conciencia profunda. Es un paso hacia el ejercicio de una mayor libertad interior.
A nivel de la conciencia cerebral, el ideal del yo-cerebral puede ocupar un lugar importante. Las exigencias son entonces excesivas respecto a las capacidades reales del individuo. Los
fracasos o las carencias que resultan de ello, dejan sensaciones de decepción frente a uno mismo, de humillación, de amargura; uno se siente culpable frente a sí mismo.

La conciencia profunda
El tercer tipo de conciencia, la conciencia profunda, comienza a despertarse en lo más profundo del niño a partir del momento en que sus facultades mentales están suficientemente maduras para reconocer los mensajes que emanan de esa zona profunda, y cuando el ser mismo es suficientemente vigoroso para manifestarse y hacer oír lo que va en el sentido de su realización y lo que se opone a ella.
La conciencia profunda se distingue de los otros tipos de conciencia por el hecho de que no se deriva de una elaboración del yo-cerebral, el suyo o el de los demás ; no es una ley « fabricada », sino una ley interna « recibida » y experimentada como buena para sí, para los otros, y favorable para el crecimiento. Esta ley, « reflejo de nuestra identidad », el yo-cerebral tiene la libertad de reconocerla o puede hacer poco caso de ella. Lleva a la libertad interior, a la fidelidad a sí mismo, incluso aunque eso vaya en contra de las costumbres o de las reglas del ambiente, mientras que las otras conciencias tienden a esclerotizar la vida
con principios a los cuales uno se conforma de modo, a menudo, voluntarista. « La docilidad a la conciencia profunda hace entrar en caminos desconocidos, donde uno se siente siempre solo frente a sí mismo, incluso aunque otros estén comprometidos por el mismo camino. Es la soledad fundamental de la persona quien, siendo única, se encuentra comprometida en un camino único, con una ley única : la que está inscrita en su ser ».

Por otra parte, las infidelidades frente a la conciencia profunda, no culpabilizan ni condenan a la persona, como en los otros tipos de conciencia. Estas infidelidades suscitan, antes que nada, un sentimiento de responsabilidad, sobre todo en cuanto a los daños causados a los demás o a sí mismo, daños que uno lamenta, pero sin hundirse en la desesperanza. La
conciencia profunda aporta luces para reparar las consecuencias de esas infidelidades. Despierta a una lucidez mayor sobre los límites y sobre las debilidades que se pueden tener. Provoca a ir hacia adelante con más ajuste y realismo. Compromete a la persona en una dinámica de apertura y de progreso. Por el contrario, las conciencias socializada y cerebral tienden a encerrar en la angustia y la culpabilidad cuando ha habido alguna desviación. A menudo, invitan a rebotar y a justificarse, más bien que a tratar de ajustarse.

Estos tres tipos de conciencia coexisten en el interior de la persona, predominando una u otra según los momentos o según los sectores concernidos porque puede haber desfases de madurez, según esos sectores. Ciertos campos generan una actitud infantil de conformismo social ; otros invitan a referirse a la conciencia cerebral o a situarse en contra-dependencia ; otros sectores, en los que se existe más unificado y maduro, solicitan el nivel de la conciencia profunda. Esta coexistencia está en el origen de conflictos intrapsíquicos y de tiranteces, tratando el individuo instintivamente de complacer a todo el mundo, a los
otros y a cada instancia de su propia personalidad. Para el que quiera orientar su vida en el eje de su crecimiento y quiera conocer una libertad real y unificación interior, será necesario un largo aprendizaje de referencia a su conciencia profunda en todos los sectores de su vida. Este aprendizaje es el objetivo de una pedagogía específica en la formación PRH.
(La persona y su crecimiento. Pág.116-120)

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