Descripción
El término sensibilidad se toma en el sentido de una capacidad de vibrar, de conmoverse, de emocionarse, de resonar y de reaccionar a lo que alcanza a la persona física y psicoló-
gicamente. La sensibilidad está considerada como una instancia de la personalidad, muy cercana al cuerpo ciertamente ; pero, donde la vivencia psicológica (sobre todo, afectiva) está particularmente presente. Esta instancia pone al yo-cerebral en relación con el mundo exterior, siendo los intermediarios los cinco sentidos. Por las sensaciones, relaciona igualmente al yo-cerebral con el mundo interior, es decir con las otras instancias de la persona. Los estímulos que tocan los sentidos o las sensaciones que emanan del psiquismo (ser, sensibilidad, yo-cerebral) y sentidas en el cuerpo, llegan al cerebro por la vía del sistema nervioso, soporte fisiológico de la sensibilidad comparable a un « fluido conductor » de esos mensajes. El sistema nervioso guarda huella de todos los acontecimientos
de la historia del sujeto desde su concepción a la manera de una « cinta magnetofónica », como han confirmado los descubrimientos científicos de estos últimos decenios. Por
consiguiente, la sensibilidad desempeña un papel fundamental en el proceso del conocimiento de sí mismo por sus funciones : sentir, vibrar, transmitir los mensajes, grabarlos y restituirlos.

La sensibilidad está presente y es reactiva desde el comienzo de la vida. Está coloreada de la personalidad del individuo : por una parte, el potencial de sensibilidad es variable según
cada uno y, por otra parte, el grado de esta sensibilidad difiere según los campos ; por ejemplo, reacciona más en los campos en los que el ser aspira a vivir, así como en los sectores en los que está obstaculizado para desplegarse. La sensibilidad está también marcada por el contexto cultural que la despierta haciéndola vibrar a ciertos valores, centros de interés, personas o cosas (lo bello, la acción, la naturaleza, la literatura, el altruismo, el dinero, la ciencia…). Asimismo, la sensibilidad está influenciada por los dos registros de la afectividad : está lo que ama, lo que le atrae, la gratifica y, por el contrario lo que la desagrada, la contraría, la hiere, la frustra, le produce revulsión. Finalmente, la sensibilidad está marcada por la historia de la persona con sus alegrías y sus sufrimientos, lo que
engendra en ella unas reacciones y unos « a priori » favorables o desfavorables, según la huella que han dejado las experiencias anteriores.

Dos zonas en la sensibilidad
Se pueden distinguir dos zonas en la sensibilidad ligadas al grado de profundidad de lo que ocurre en esta instancia.

Una zona superficial
Una zona superficial, muy epidérmica, reactiva en el primer grado, en el instante mismo en que la sensibilidad es tocada. Ahí, las reacciones son a menudo efímeras, imprevisibles, y amplificadas como si la sensibilidad actuara como una caja de resonancia de la realidad exterior o interior. Las contrariedades de la vida la arañan provocando a veces heridas relativamente superficiales ; los placeres de la vida la gratifican de momento ; la ausencia de
perturbación o de agrado la deja apacible superficialmente.

Una zona profunda
Una zona profunda de la sensibilidad, caracterizada por más estabilidad ; las reacciones son menos primarias ; las sensaciones ahí se sienten como menos superficiales, más cargadas de contenido psicológico. Es una zona irradiada por el ser, donde se siente paz, vida, aspiraciones profundas y todas las manifestaciones del ser (*) . Sin embargo, cuando una persona se encuentra enfrentada a un ambiente nefasto que no satisface, o no suficientemente, sus necesidades fundamentales, un sufrimiento o incluso una herida pueden producirse a ese nivel profundo de la sensibilidad, y un sistema de defensa se levanta para proteger el ser. También a este nivel, se puede constatar la presencia de
bolsas de sufrimiento, a menudo no concienciadas, que provienen de heridas del pasado, sobre todo las que han afectado a la aspiración fundamental del ser a existir, sea en su globalidad, sea en ciertos aspectos. Cuando esas heridas se reavivan, engendran
perturbaciones importantes que se propagan en toda la sensibilidad, epidérmica y profunda. Dificultan la actualización de las potencialidades del ser, y a veces, la bloquean.

Estas dos zonas de la sensibilidad llevan consigo partes sanas, -con reacciones ajustadas por el hecho de la ausencia de traumatismos-, y partes heridas que han llegado a ser hipersensibles o, por el contrario insensibles.
(La persona y su crecimiento. pág.104-107)

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